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viernes, 8 de noviembre de 2019

María Remedios Del Valle Rosas: La Madre "Negra" de la Patria | Por Juan O. Wayar

La Madre de la Patria Lucho en la Batalla de Salta

A esta Mujer muchos no la habrán escuchado nombrar jamás, menos en la Escuela, ni siquiera en los Libros de Historia.

Pero fue considerada por todos los Héroes de la Independencia como la Madre de la Patria. Fue la única mujer admitida por Belgrano en su ejército y hasta le había conferido el grado de Capitana por su arrojo y valor. Lo libros de Historia no la nombran quizás porque Mitre (quien ha escrito la Historia Argentina y en la que se baso casi todo lo que se enseño en las escuelas) no podía permitir que una mujer fuera madre y soldado, heroína y negra, benemérita y pobre, todo a la vez, y por eso no la sumo a la Historia Argentina.

Esta Mujer se llamaba María Remedios del Valle una AfroArgentina que desde el 6 de julio de 1810, cuando partió la primera expedición destinada al Alto Perú al mando de Ortiz de Ocampo, acompañó a su marido, a un hijo de la sangre y a otro adoptivo, del corazón, los tres muertos en esas acciones. La “parda” María, como se la menciona en algunos partes militares, combatió en Huaqui (julio de 1811), vivió las peripecias de esa trágica retirada del Alto Perú y luego el éxodo jujeño. Volvió a combatir en la victoria de Tucumán. El 23 de septiembre de 1812, en la víspera de la batalla, se presentó ante Belgrano y le suplicó que la dejara asistir a los heridos que se amontonaban en las primeras líneas. Belgrano se negó: el campo de batalla, no era cosa de mujeres. No tuvo en cuenta que el ansia de la libertad no sabe de géneros. Remedios del Valle actuó en la retaguardia desafiando las órdenes del general. Pronto se convirtió en leyenda entre la tropa, que comenzó a llamarla de boca del Gral Lamadrid, la Madre de la Patria. Belgrano terminó cediendo: fue la única mujer admitida en su milicia. También lucho en la Batalla Salta y en mérito a su valor, Belgrano la nombró Capitana. El historiador salteño Carlos Ibarguren, quien la rescató del olvido, contó que cuando alguien le preguntaba por las enormes cicatrices que llevaba en sus brazos, y ella respondía que había sido herida en la Guerra de la Independencia, la gente murmuraba por lo bajo: “pobrecita, está loca”.

La Capitanía supo defender la incipiente Nación y conocer las trágicas derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, donde nuevamente su valor se hizo presente, siempre con un grito de aliento, curando heridos, sacando fuerzas de donde ya no había. En esta última batalla fue tomada prisionera por los realistas de Pezuela, Ramírez y Tacón, que la condenaron a ser azotada públicamente a lo largo de nueve días. Pero María al final de ellos pudo fugarse de sus verdugos y reintegrarse a la lucha contra el enemigo operando como correo en el peligroso territorio ocupado por los invasores. Su expediente señala, entre otras cosas, que estuvo siete veces en capilla, o sea a punto de ser fusilada, y que a lo largo de su carrera militar recibió seis heridas graves de bala. No fue fácil que las autoridades de Buenos Aires le reconocieran el grado de Capitana, con el sueldo correspondiente, pero lo logró aunque luego de la independencia, como ocurrió con tantas otras y tantos otros patriotas, el Estado dejó de pagárselo.

Tan solo 12 años después de Nuestra Independencia, María ya deambulaba mendigando por la Plaza de la Victoria y las Iglesias del centro de Buenos Aires. Al verla, el general Juan José Viamonte, le preguntó su nombre.

María Remedios del Valle, respondió. Es ‘La Capitana’, la que nos acompañó al Alto Perú, es una heroína! Exclamó Viamonte. Condolido de su suerte le gestionó una pensión que no prosperó. El proyecto fue tratado en la Legislatura, pero algunos Diputados pidieron informes y alegaron que Buenos Aires no podía recompensar por servicios prestados a la Nación. Entonces Viamonte expresó: «Yo no hubiera tomado la palabra porque me cuesta mucho trabajo hablar, si no hubiese visto que se echan de menos documentos y datos. Yo conocí a esta mujer en el Alto Perú y la reconozco ahora aquí, cuando vive pidiendo limosna… Esta mujer es realmente una benemérita. Es bien digna de ser atendida porque presenta su cuerpo lleno de heridas de bala, y lleno también de las cicatrices por los azotes recibidos de los enemigos, y no se debe permitir que deba mendigar como lo hace».

El doctor Tomás de Anchorena, quien había sido secretario del general Belgrano en la campaña del Alto Perú, dijo: «Era la única persona de su sexo a quien el riguroso Belgrano permitía seguir la campaña del ejército, cuando eran tantas las que lo intentaban. Todos la elogiaban por su caridad, por los cuidados que prodigaba a los heridos y mutilados, y por su voluntad esforzada de atender a los que sufrían. Su misma humildad es lo que más la recomienda» Se acordó reconocerle un sueldo, crear una comisión que redactase y publicase su biografía y diseñase un monumento en gratitud a sus servicios. Nada de eso ocurrió. Tantos papeles, tantas palabras laudatorias se tradujeron en 30 míseros pesos mensuales. La “Madre de la Patria” se las tenía que arreglar con un peso por día en una ciudad bastante cara donde la carne costaba dos pesos la libra y la yerba 70 centavos.

Tiempo después Rosas la integró a la plana mayor inactiva (es decir, como retirada), con el grado de sargento mayor, por lo que decidió adoptar un nuevo nombre: Mercedes Rosas. Así figuró en la revista de grados militares hasta su muerte, en 1847 que la encontró Pobre y desahuciada por su Nación. Esta que había luchado desde los comienzos mismos forjando nuestra Patria y como heroicas medallas tan solo tuvo los látigos y las balas que grabaron su cuerpo, tan solo tuvo la fría caricia de la muerte como un bien y el olvido postrero de su Pueblo.

No hubo monumento ni biografía para María. Pasaron casi doscientos años y muy pocas cosas se hicieron en su memoria tan solo un calle y una escuela de Argentina llevan su Nombre. Hoy a días de la Batalla de Salta donde supo luchar la recuerdo y digo Viva la Madre de la Patria!!! Viva la Sangre de los Héroes olvidados, VIVA LA LIBERTAD !!!!

Extracto del Libro "Astillas Históricas de Salta", de Juan Oscar Wayar.

martes, 18 de junio de 2019

La lucha de Norma Plá

Un 18 de junio, pero de 1996, nos dejaba Norma Beatriz Guimil de Plá.
"Antes del final, por allá, bien por allá, vimos llegar a Norma Plá, gritando y volviendo a gritar, por la paz de tus últimos días... 'Siempre vamos a ganar, somos más pueblo que policías'." 

Con su mano derecha se agarra de una puerta de hierro de Tribunales, con la izquierda sostiene, como si fuese un trofeo, la gorra de un policía. Su boca abierta inmortaliza el gesto de resistencia y lucha. Ella es Norma Plá, la jubilada que peleó contra las políticas neoliberales del gobierno de Carlos Menem y Domingo Cavallo. La imagen fue tomada por Don Rypka en 1991, en el marco de una movilización a Tribunales para exigir que se aplicaran las sentencias que reconocían los reclamos para la actualización de los haberes jubilatorios.

Norma Plá fue una de las voces disidentes que tomaron notoriedad pública en los primeros años de la década del 90. La defensora más combativa y representativa de los jubilados, fue quien tomó la posta del reclamo de los pensionados que eran castigados por las políticas menemistas. El pedido era por $450 pero la lucha era por dignidad y reconocimiento de toda una vida de trabajo y aportes.

Siempre fue perseguida por ser una molestia para el poder, sobre todo por su particular forma de visibilizar la lucha. En una ocasión organizó una choriceada frente a la Embajada de Inglaterra en repudio a la visita del príncipe Andrés.

Fue arrestada y esa vez dijo: “Siempre estoy detenida, pero no por ladrona ni por corrupta, sino por decirle la verdad a estos señores que nos están apaleando constantemente, pero la vamos a seguir. Somos más pueblo que milicos, que no se olviden de eso”.

Junto a otros jubilados, acampó durante 80 días en la Plaza Lavalle, frente a Tribunales. También encabezó las rondas que realizaban todos los miércoles en el Congreso.

El 5 junio de 1991, con sus compañeros de lucha, logró entrar al Congreso donde se encontraba el ministro de economía Domingo Cavallo, que estaba rindiendo cuentas a una comisión parlamentaria. Pudo interceptarlo para que se reuniera con ella en una oficina con las cámaras de televisión como testigo. Cavallo en un claro acto de desesperación se largó a llorar recordando que sus padres también eran jubilados.


   Ante las cínicas lagrimas del ministro, Plá le respondió: “No llore señor ministro, no llore. Tenga fuerza para defender lo suyo. Usted tiene madre pero seguro que no está en la Plaza Lavalle con nosotros. Debe estar mejor”.

Luego de pelear contra un cáncer de mama, el 18 de junio de 1996 a sus 63 años, Norma Plá falleció en su casa de Temperley. Su última voluntad fue que sus cenizas fuesen esparcidas en la Plaza Lavalle, en ese lugar que tantos días la vio luchar.

 Hoy, después de más 25 años y con la derecha más recalcitrante en el gobierno, los derechos de los jubilados vuelven a ser avasallados, y no queda otra que tomar el ejemplo de referentes como Plá. En abril 1994, estando como invitada en el programa Polémica en el Bar, conducido por el menemista Gerardo Sofovich, supo plantar su posición ante una mesa claramente oficialista.

En esa ocasión ante una pregunta de Luis Beldi por sus métodos de reclamo en el Congreso, ella respondió  enérgicamente: “Porque me ponen vallas cuando yo voy a pedir lo mío, lo que he aportado durante 42 años. La violencia la está dando el señor presidente al ponernos detrás de las vallas los batatas (policías) pagados por nosotros”.

miércoles, 15 de mayo de 2019

LA IZQUIERDA EN LA ENCRUCIJADA: EMPEZAR DE CERO O CONDENARSE A LA ETERNA INSIGNIFICANCIA | Por Gustavo Robles

Las ocho elecciones consecutivas que ha perdido el gobierno en diferentes provincias en este año, no hacen más que plasmar en las urnas el hartazgo de la mayoría de los habitantes del país respecto al gobierno de la Alianza Cambiemos (PRO-CC-UCR), encabezada por el corrupto lavador offshore Mauricio Macri, cuyo desbarranque es irremontable. Ya no sólo Macri es el repudiado por las mayorías populares, sino toda su banda: por el agujero negro que produjo con sus nefastas políticas arrastra a sus cómplices Vidal, Larreta, Peña, Carrió y cía.

Pero el desbarranque que evidencia la realidad no es sólo del oficialismo: si alguna vez –en sus comienzos- el FIT se constituyó en el centro de atención de toda la izquierda por un supuesto potencial aglutinador, está claro que ese armado entre cuatro paredes de tres direcciones partidarias está también en franca e irreversible decadencia. La propia dinámica del Frente, su autoproclamación y sectarismo sumados a un discurso apenas reformista y a una estrategia que gira en torno a lo electoral, ha generado que no sólo la mayoría de la militancia de la izquierda revolucionaria lo rechace o se distancie de manera creciente, sino que la clase trabajadora lo ignore o le sea esquiva en su inmensa mayoría.
Y eso que ha cosechado el FIT, le ocurre al resto de la izquierda, electoralista o no. La que centra sus políticas en lo electoral produce vergüenza ajena peleándose entre sí por el 2 ó el 3% de los votos y algún puestito en algún espacio legislativo. La que rechaza las urnas, muchas veces por “principios” que nada tienen que ver con el leninismo, dividida en incontables grupos y grupúsculos, también autoproclamada y sectaria, se constituye en factor de impedimento de la imprescindible construcción de la herramienta revolucionaria coherente, madura, potente, legitimada ante las masas.

Es indudable que hay que volver a empezar, es indudable que hay que comenzar a construir sobre tierra arrasada.

Algunos dirán que lo que se propone desde estas líneas es apresurado, dado que aún faltan concretarse procesos eleccionarios en varios distritos y, sobre todo, a nivel nacional. Creemos que no: el fracaso de la izquierda electoralista está en su concepción de origen, pues toda su política gira alrededor de las urnas cuando ninguna revolución se concretará por esa vía, a la que debe tomarse como meramente táctica. Además, esa estrategia obliga a aggiornar el discurso, pues lo que se buscan son votos, no concientizar contra el capitalismo y a favor del socialismo. Como si fuera poco, con esa política claudicante, logran el 2 ó el 3% de los votos posibles del padrón.

Hay que construir otra cosa

Si de verdad el objetivo de todo revolucionario es “hacer la Revolución”, entonces la obligación de todo revolucionario es crear la herramienta que pueda llevar a cabo tan faraónica tarea, que es la de guiar a la clase hacia la toma del poder, para lo cual debe legitimarse ante ella. Una herramienta semejante debe aglutinar a todos los que tienen ese objetivo. La realidad nos indica que los revolucionarios hoy y desde hace décadas venimos haciendo exactamente lo contrario, construyendo sellos, grupos y grupúsculos que compiten entre sí, al peor estilo de lo peor que produce la cultura burguesa. Y terminamos siendo marginales (no sólo del sistema, sino de la clase), insignificantes y funcionales al sistema de explotación. Para cambiar la historia debemos cambiar nosotros, y eso implica terminar con la autoproclamación, el sectarismo y la división permanentes. Implica debatir políticas sin creernos los dueños de la verdad, defendiendo lo que pensamos pero admitiendo que nuestros interlocutores tienen derecho a decir lo que piensan y pueden tener razón en lo que se discute. Implica ser tolerantes con quienes comparten nuestros mismos objetivos, aunque propongan caminos diferentes.

Por todo lo antedicho, creemos imprescindible autoconvocarnos todos los revolucionarios para construir, sino la herramienta necesaria, la perspectiva para poder hacerlo. No será fácil terminar con años de intolerancia y desconfianza. Pero es nuestra obligación llevarlo a cabo.
Para ello, proponemos algunos puntos que sirvan como disparadores:

- Reconocer el fracaso de todas las organizaciones revolucionarias para instalar la idea de la necesidad del cambio social de raíz en nuestra sociedad y particularmente en nuestra clase, a pesar de que las condiciones objetivas están dadas y hubo momentos de ruptura (como el 2001).
- Por lo tanto, es necesario darnos el imprescindible debate acerca de cómo continuar la lucha, entre todos los que tenemos como objetivo la Revolución, el Socialismo y finalmente el Comunismo.
- Nuestro enemigo es la burguesía y nunca un compañero de lucha que propone un camino diferente al nuestro.
- Acordar puntos a llevar a cabo en común, más allá de respetar las identidades de cada corriente y el derecho a desarrollar sus lineamientos fuera de los puntos de acuerdo. Uno que creemos fundamental es la Autodefensa y un Comando Único para las movilizaciones. También podría desarrollarse una Mesa de Coordinación que tenga atributos para comunicarle a la sociedad los análisis y resoluciones que allí se acuerden.

La historia de la humanidad nos enseña que ningún cambio revolucionario ha sido posible sin engendrar dentro del sistema que se quiere destruir y reemplazar, los atributos del nuevo Estado que se quiere implantar. Es hora de asumir esa tarea con coherencia e inteligencia, desandando décadas de dislates que sólo terminaron siendo funcionales a los intereses de los explotadores que decimos combatir.

miércoles, 20 de marzo de 2019

La previa del Golpe (1955-1976)

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 es el último capítulo -y el más sanguinario- dentro de una escalada de violencia desarrollada durante los veinte años previos a éste. El derrocamiento de Juan Domingo Perón el 16 de septiembre de 1955 abrió una nueva etapa en la historia argentina, caracterizada por la proscripción del Partido Justicialista y la sucesión de diferentes gobiernos militares con frágiles gobiernos democráticos. En este artículo examinaremos estos años previos para encontrar en la situación histórica, razones para entender por qué hubo una dictadura de estas características.
Durante la autoproclamada "Revolución Libertadora" (que venía a "liberar" al pueblo del yugo del "tirano") de 1955 se intentó desperonizar a la sociedad, apelando no sólo a la proscripción, sino también a la prohibición de nombrar cualquier palabra relacionada con el peronismo o la exhibición de símbolos pertenecientes a este movimiento. El General Eduardo Lonardi, primer presidente de esta dictadura, tenía una postura moderada respecto del peronismo, en comparación con otros sectores golpistas, por ejemplo, la Marina. Él proponía un peronismo sin Perón, es decir, mantener un modelo mercado internista, proyecto opuesto a los intereses liberales.
Rápidamente, Lonardi fue reemplazado por Pedro Eugenio Aramburu, que sí llevó adelante los objetivos más extremos de la "Libertadora": derogó la Constitución del '49 (a excepción del artículo 14 bis), intervino sindicatos, etc. Sin embargo, los intentos de desperonizar la sociedad argentina no iban a tener éxito.
En junio de 1956, se produjo un levantamiento de militares y civiles, comandado por Juan José Valle, que fue reprimido fuertemente. Los fusilamientos ilegales serían investigados y relatados por Rodolfo Walsh en el célebre libro Operación masacre. La violencia física y simbólica del gobierno de Aramburu, lejos de "disciplinar" a la sociedad, podemos llegar a pensarla como un embrión de la posterior violencia, tanto como un momento fundante del Terrorismo de Estado, así como una "espina clavada" para el peronismo; siendo justamente Aramburu la primera víctima de Montoneros (fue secuestrado y condenado como traidor a la patria en un juicio revolucionario).
Este gobierno de facto no estaría planteado como un gobierno permanente sino como una transición a otro, con el simple objetivo de apartar al peronismo del poder. Con el peronismo proscripto, en 1958 se presentó la Unión Cívica Radical dividida en dos: UCR del Pueblo y UCR Intransigente. Arturo Frondizi se impuso en las elecciones al conseguir el apoyo de Perón, prometiendo, entre otras cosas, levantar la proscripción. Frondizi intentó llevar adelante un modelo desarrollista, pero a partir de la llegada de capitales extranjeros. En las elecciones de 1962 ganaron candidatos peronistas, lo que significó una nueva intervención de las Fuerzas Armadas, el fin del gobierno de Frondizi y su reemplazo por José María Guido, presidente del Senado y títere de los militares. Pero éstos, con cada vez más incidencia en la vida política del país, se encontraban divididos en dos bandos: los colorados, firmes en mantener la exclusión del peronismo, y los azules, que planteaban la integración de los sectores peronistas. Esta última opción no iba a desarrollarse y los resultados de las elecciones de 1963 reflejaron la debilidad del electo presidente radical Arturo Illia, ya que el peronismo votó en blanco, siguiendo las instrucciones de Perón.
La desperonización no sólo fracasó, sino que durante estos años -conocidos como la resistencia peronista- se reforzaron los lazos de pertenencia popular al movimiento. Ante la ausencia del líder, fue la lucha autónoma de las bases la que buscó el regreso del General; mientras que la burocracia sindical, como Vandor, intentó acumular poder, aprovechándose del lugar vacante dejado por Perón y negociando con los políticos de turno. Este fenómeno de resignificación de la identidad peronista incluyó también a un sector anteriormente antiperonista: las clases medias, en especial, los estudiantes. La influencia de la Revolución Cubana, la democracia limitada y el rechazo a políticas imperialistas y antilaicas de Frondizi ayudaron a que estos sectores revaloricen la experiencia peronista.
El gobierno de Illia, a diferencia del de Frondizi, tuvo un mayor énfasis en el mercado interno y la industria y ciencia nacionales, limitando la llegada de capitales extranjeros. Pero sus apoyos eran débiles: no contaba con el visto bueno de las Fuerzas Armadas ni de empresarios ni de obreros. A esto se le sumó una feroz crítica desde los medios de comunicación, mostrándolo como "comunista" por nacionalizar y estatizar industrias y como un "viejo, lento". Asimismo, el periodismo impuso la figura del General Juan Carlos Onganía, ya digitado como el sucesor de Illia.
El sociólogo Juan Carlos Portantiero utilizó el concepto de "empate hegemónico" para referirse a una situación en la que ningún sector social puede ejercer una hegemonía, una dominación por sobre las demás. Él afirma que a partir de 1955 se da una situación de empate hegemónico. La "Revolución Argentina" del '66 intentaría desempatar la situación a favor de los capitales extranjeros.
El modelo peronista se basó en una alianza de clases: sectores industriales, obreros, más el apoyo de la Iglesia y el Ejército. Cuando la situación interna y externa dejó de favorecer el rumbo de este gobierno a partir de 1951, la alianza se comenzó a resquebrajar y Perón quedó sólo con el apoyo obrero y fue derrocado. Comenzó un período en que ni los diferentes sectores dominantes podrían imponerse sobre la clase obrera, ni ésta podría hacer lo mismo sobre las élites. Por eso, para explicar esta situación de relativa "igualdad", adoptamos el concepto de empate hegemónico. El golpe de 1966, con Onganía a la cabeza, representa un intento de imponer los intereses dominantes por sobre los sectores populares. El presidente radical Illia es derrocado y comienza la autoproclamada "Revolución Argentina". Es entendible el apoyo de Vandor a este golpe, teniendo en cuenta su estrategia de conquistar poder por fuera de la figura de Perón. Pero mas polémica es la aprobación del mismo Perón a este golpe, pensando que también proscribiría al radicalismo. La intervención y represión de los militares en las Universidades conduce a un éxodo masivo de intelectuales, lo que se conoce como fuga de cerebros, hacia Europa y EEUU.
Un factor importante a tener en cuenta a partir del contexto mundial de Guerra Fría, de descolonización de los países africanos y asiáticos, y de la Revolución Cubana, es la intervención cada vez más activa que comienzan a tener los Estados Unidos en la política latinoamericana.
Un ejemplo, es la ya nombrada, Doctrina de Seguridad Nacional. A partir de las experiencias de descolonización en Vietnam y Argelia, el ejército francés aplica métodos de combate y tortura, que se difundiran, a través de la Escuela de las Américas, en Panamá y a cargo de EEUU, entre los ejércitos latinoamericanos. Estos ejércitos no estarían combatiendo a un enemigo externo tradicional, sino a un peligro interno, a la infiltración marxista. Además de este entrenamiento militar, los capitales norteamericanos instalados en el país brindan todo su apoyo, y van a ser beneficiarios, al nuevo gobierno militar. Guillermo O'Donnell, para referirse al gobierno militar de Onganía, utiliza el concepto de Estado burocrático autoritario. Mientras que la "Libertadora" era un gobierno militar "transitorio", que pretendía rápidamente volver a un orden democrático, aunque con la exclusión electoral del peronismo; la "Revolución Argentina" busca transformar el país y el límite temporal es el que sea necesario para cumplir sus objetivos. Esta dictadura tenía tres objetivos: económico, social y político. Sin embargo, ninguno llegaría a cumplirse por las propias contradicciones del gobierno.
Centradonos en la acción social, observamos en 1969 el momento clave para entender estos años: el levantamiento obrero estudiantil del 29 de mayo, el Cordobazo. La exclusion de la política democrática, la intervención y represión en universidades y sindicatos, llevaba a un conflicto inevitable con la clase obrera y la movilización estudiantil (cada vez mas empapada del clima de época que se vivía en el mundo, por ejemplo el Mayo Francés y la Masacre de Tlatelolco). Este levantamiento marca la decadencia de la "Revolución Argentina". 
Una consecuencia del Cordobazo van a ser las alternativas que surgen al sindicalismo tradicional. Por un lado, el clasismo, las comisiones internas y los gremios combativos. Por otro, la emergencia (en realidad difusión, porque ya había habido fallidas experiencias anteriores) de movimientos armados, como Montoneros y el ERP. En un comienzo estos movimientos armados van a tener una doble estrategia, apuntando a la participación política tanto como a la lucha armada, como es el caso de Montoneros o el PRT-ERP. El clima de descontento popular, sumado al intento de construcción política les va a dar, en un primer momento, una importante legitimidad popular a sus acciones armadas.
El fracaso del gobierno de Onganía no era sólo en el plano social, sino también en el plano económico. Habia crisis en la balanza de pagos y una interrupción de las inversiones extranjeras. Al mismo tiempo que Onganía llevaba el gobierno de una forma personalista, lo que llevaría a que las mismas Fuerzas Armadas lo derroquen y sustituyan por Roberto Marcelo Levingston, buscando reconstruir consenso. Habría un pequeño intento de cambio económico, al poner al desarrollista Aldo Ferrer al frente del Ministerio de Economía; buscando favorecer a los pequeños y medianos capitales, protegiendo sectores de la economía local y negociando el salario obrero en paritarias. Una política muy contraria a la llevada adelante por Krieger Vasena, al inicio del golpe del '66.
Estas reformas enfrentaron al gobierno con la burguesía industrial, y lo dejaron sin apoyos. Tampoco había un llamado a elecciones, lo que le restaba apoyo popular y llevaba a un acercamiento entre peronistas y radicales, exigiendo por la vuelta de la democracia. Nueve meses después, el lugar de Levingston sería ocupado por Agustín Lanusse, que buscó un acuerdo para una transición democrática, sin costo para las Fuerzas Armadas, y con el objetivo de calmar la fuerte ebullición social. Buscó apoyos políticos amplios, entre ellos, acercarse a Perón, lo que no consiguió a pesar de sus gestos.
Al mismo tiempo, Perón buscaba retornar al poder, y se apoyaba tanto en la burocracia sindical, como en las organizaciones armadas peronistas, haciendole creer a esta juventud maravillosa que compartía sus objetivos de socialismo nacional e impulsandolas a seguir actuando. Dentro de esta alianza heterogénea y Gran Acuerdo Nacional mediante, Perón, impedido de participar, pondría como candidato a la presidencia a Héctor Cámpora, dentista cercano a la pata izquierda del peronismo, que logró la victoria con un 49% de votos el 11 de marzo de 1973.
 Sin embargo, el objetivo de Perón para este gobierno era simplemente que levantara la proscripción que le impedía al viejo general presentarse a las elecciones. Diferente era el proceso desde abajo: con la asunción de Cámpora miles de manifestantes comenzaron a ocupar diferentes establecimientos públicos y a pedir por la libertad de los presos políticos. La sociedad civil estaba movilizada y el propio peronismo de izquierda buscó el reflujo, llamando al cese de las tomas. Perón regresó a la Argentina en el episodio conocido como la "masacre de Ezeiza" (donde la burocracia sindical recibe a los tiros a las columnas de la Juventud Peronista). La fiesta que parecía ser la vuelta del líder, no fue tal. Antes "juventud maravillosa", la izquierda peronista se transformó ahora en "imberbes" e "infiltrados marxistas". Cámpora y Solano Lima renunciaron, dando lugar a las elecciones que volverían a llevar a Perón a la presidencia después de dieciocho años.
El tercer gobierno de Perón intentó reconstruir la alianza de clases de sus primeras presidencias a través del "pacto social". Pero el contexto mundial no era el mismo. Después de "los gloriosos treinta" de la posguerra, el Estado de Bienestar se comenzó a desmoronar con la crisis del petróleo de 1973, dando cada vez más lugar a economías neoliberales. Argentina no estaría exenta de este clima mundial. Tampoco los intentos de frenar los conflictos sociales tuvieron éxito. Los casi veinte años de lucha contra la proscripción, la burocracia sindical y los gobiernos militares habían generado un movimiento obrero mucho menos dócil y más autónomo que en los 40's y 50's, que no podía ser encauzado institucionalmente. Una herramienta para disciplinar a esta clase social fue la Triple A, una organización terrorista de ultraderecha comandada por el secretario de Perón, y ministro de Bienestar Social, José "el Brujo" López Rega. José Pablo Feinmann, filósofo peronista, acepta en su libro sobre la historia del peronismo que la Triple A era del conocimiento y tenía el aval de Perón.
El 1 de julio de 1974 fallece Perón tras un paro cardíaco. Su esposa Isabelita, y con ella, "el Brujo", ocupa la presidencia. En 1975 asume el ministerio de Economía Celestino Rodrigo y su plan de reajuste económico: el Rodrigazo. Devaluación del peso en un 100%, suba del 50% de las tarifas públicas, aumento de la canasta familiar, los combustibles, alquileres, medicamentos. La protesta social, que venía en baja, repuntó fuertemente en los meses de junio y julio en reacción a estas políticas económicas. Hasta la CGT hace su primer huelga general durante un gobierno peronista, pidiendo además la renuncia de Rodrigo y López Rega.
La efervescencia social, si bien ya no era lo que fue en los primeros años de la década, resultaba insoportable para los sectores conservadores (y otros que no lo eran tanto). A pesar de que la represión comenzó durante la etapa democrática, es el Golpe del '76 y su sistemática represión la que intenta (y logra) desempatar la situación a favor de los capitales extranjeros, desindustrializando y endeudando el país, y desarticulando el Estado de Bienestar para llevar adelante un modelo neoliberal. 

Horacio Verbitsky, periodista miembro de Montoneros, señala en una entrevista hecha por Perfil en 2007, que su generación y la posterior (Verbitsky tenía trece años en 1955) vivieron el ingreso a la política en una situación de violencia. No es nuestra intención justificar la lucha armada, pero es nuestro deber como historiadores, entenderla dentro de un contexto específico. Los años de exclusión política, más todo el contexto internacional, llevan a buscar una participación política por fuera del canal institucional que les está vedado. Es así que las ideas de la lucha armada (maoísmo, guevarismo, foquismo) adquieren una gran popularidad.
Sin embargo, cuando estas organizaciones político-militares se vuelcan más fuertemente a la lucha armada por sobre la disputa política, comienzan a perder la relación con el pueblo y la legitimidad que habían despertado en una primera instancia.
Esta exclusión violenta de la vida política de la mayoría de la población argentina, es un factor clave para que podamos entender esta época, y también, el origen del Golpe de Estado del '76.